¿Web de datos o web de
los ciudadanos?
El análisis de un
fenómeno tan vertiginoso y un tanto caótico como la Web 2.0 ha dado ya lugar a una abundante
literatura, igualmente rápida, un tanto confusa y en ocasiones contradictoria,
al menos en apariencia.
Para algunos (Fumero, 2007) supone una nueva red, caracterizada como la web de las personas,
frente a la web de los datos correspondiente a la primera versión, la Web 1.0.
Otros, por el contrario,
estiman que esta es la verdadera web de datos (manejados, modificados y creados por los
usuarios) que transforma la web de documentos –que se veían y consultaban–, propia de la etapa
anterior.
Para O’ Reilly, el
creador del término (cuya editorial, O’Reilly Media, lo ha registrado, por
cierto tras algún encontronazo
legal con competidores), el concepto no tienes límites definidos, sino que es más bien “un núcleo
gravitatorio” (O’Reilly, 2005), aunque su planteamiento en el conocido texto inicial
estaba sin duda orientado a sugerir patrones de diseño y, sobre todo, modelos
de negocio para la nueva generación de software; es decir, tenía una clara
orientación informática y económica.
La Web 2.0, afirma un
tanto retóricamente Davis (2005), “no es una tecnología, sino una actitud”. O, dicho de otra manera,
el desarrollo de esta nueva plataforma web se apoyará no tanto en el componente tecnológico
como en la aparición de nuevos Al margen de percepciones más o menos
arriscadas, si nos atenemos a sus estructuras, sistemas y al uso mayoritario de
herramientas, aplicaciones y sitios, no parece incompatible, sino altamente complementaria,
la consideración de la Web 2.0 como web de las personas (en la medida en que
está protagonizada y alimentada ya en muy gran medida por acciones e
interacciones de los usuarios) con su caracterización como web de datos, puesto
que lo definitorio de este nuevo estadio de Internet son precisamente las
utilidades y servicios que se sustentan en una base de datos “que puede ser
modificada por los usuarios, ya sea en sus contenidos (añadiendo, cambiando o borrando
la información, o asociando metadatos a la información existente), bien en la
forma de presentarlos o en la forma y el contenido simultáneamente” (Ribes,
2007).
En la integración de ese
doble plano de la web (intervención de los usuarios y nuevas formas de estructurar y explotar
los datos y metadatos) es donde radica el aspecto más innovador y lo que legitima la numeración
2.0 (calco razonable de los tradicionales cánones en la producción de software,
pero cuya proliferación descontrolada tanto en horizontal –Educación 2.0,
Alfabetización2.0, Negocios 2.0,
Periodismo 2.0, etc.– como en vertical –Web 3.0, 4.0…– está produciendo no solo una rampante
trivialización, sino una oleada de confusión acumulativa).
Y el que confiere al
nuevo espacio su categoría de auténtico entorno hipermedia porque, a diferencia
de la web de documentos, en la que la información es inmodificable y no se
pueden añadir nuevos objetos y la navegación es prácticamente unidireccional,
las aplicaciones y servicios de la Web 2.0 dotan al interactor de la capacidad
para ver, seguir y crear enlaces bidireccionales; de la posibilidad de comparar
diferentes versiones; de trabajar de forma simultánea con otros usuarios sobre
el mismo documento o de publicar contenidos de forma ubicua y desde el propio
entorno de acceso a los documentos (Ribes, 2007).
El valor y los límites
de la inteligencia colectiva Pero, ciertamente, la mayor y más distintiva
virtualidad –y desde luego la que más nos interesa desde el punto de vista
educativo– de la Web 2.0 es la incorporación a la red de la inteligencia
colectiva, que se deriva de la acción social y combinada de los usuarios en
Internet, propiciada y mediada por la tecnología. Como en otros terrenos
conceptuales, ya se han acuñado interpretaciones diversas, algunas con
connotaciones filosóficas o sociológicas no siempre del todo transparentes y a
veces tan entregadas que han convertido este atributo (innegable por lo demás)
en una especie de tópico o mito de la red, muy necesitado de una higiénica
revisión crítica.
Desde la un tanto precoz
proclamación de las multitudes inteligentes por parte del teórico de las comunidades virtuales
(Rheingold, 2004), y la sabiduría de las multitudes (The wisdom of crowds, Jenkins, 2006, y otros),
hasta la más llana constatación del bloguero y periodista Dan Gillmor de que “la red sabe más que
el individuo”, casi todas ellas necesitan una higiénica revisión crítica.
En algunos casos, como
el de Rheingold, se incluye ya en la apuesta el reconocimiento de que la acción de las multitudes
inteligentes en la red puede ser también perniciosa y destructiva. Pero, hasta el momento, la
mayoría de quienes cuestionan la inteligencia colectiva lo hacen de manera tan feroz como
superficial y más bien desde posiciones apocalípticas con respecto a la
tecnología:
“El profesional está
siendo sustituido por el aficionado, el profesor de Harvard por el populacho analfabeto. Vamos hacia
una dictadura de los idiotas” (Andrew Keen, 2007).
Al margen de
interpretaciones, es evidente que la inteligencia colectiva, definida como “la capacidad
del grupo para resolver problemas que cada individuo del colectivo, de forma
personal, no patrones de uso social (Fumero, 2007). Al margen de percepciones
más o menos arriscadas, si nos atenemos a sus estructuras, sistemas y al uso
mayoritario de herramientas, aplicaciones y sitios, no parece incompatible,
sino altamente complementaria, la consideración de la Web 2.0 como web de las
personas (en la medida en que está protagonizada y alimentada ya en muy gran
medida por acciones e interacciones de los usuarios) con su caracterización
como web de datos, puesto que lo definitorio de este nuevo estadio de Internet
son precisamente las utilidades y servicios que se sustentan en una base de
datos “que puede ser modificada por los usuarios, ya sea en sus contenidos
(añadiendo, cambiando o borrando la información, o asociando metadatos a la
información existente), bien en la forma de presentarlos o en la forma y el
contenido simultáneamente” (Ribes, 2007).
En la integración de ese
doble plano de la web (intervención de los usuarios y nuevas formas de estructurar y explotar
los datos y metadatos) es donde radica el aspecto más innovador y lo que legitima la numeración
2.0 (calco razonable de los tradicionales cánones en la producción de software,
pero cuya proliferación descontrolada tanto en horizontal –Educación 2.0,
Alfabetización 2.0, Negocios 2.0,
Periodismo 2.0, etc.– como en vertical –Web 3.0, 4.0…– está produciendo no solo una rampante
trivialización, sino una oleada de confusión acumulativa). Y el que confiere al
nuevo espacio su categoría de auténtico entorno hipermedia porque, a diferencia
de la web de documentos, en la que la información es inmodificable y no se
pueden añadir nuevos objetos y la navegación es prácticamente unidireccional,
las aplicaciones y servicios de la Web 2.0 dotan al interactor de la capacidad
para ver, seguir y crear enlaces bidireccionales; de la posibilidad de comparar
diferentes versiones; de trabajar de forma simultánea con otros usuarios sobre
el mismo documento o de publicar contenidos de forma ubicua y desde el propio
entorno de acceso a los documentos (Ribes, 2007).
El valor y los límites
de la inteligencia colectiva Pero, ciertamente, la mayor y más distintiva
virtualidad –y desde luego la que más nos interesa desde el punto de vista
educativo– de la Web 2.0 es la incorporación a la red de la inteligencia
colectiva, que se deriva de la acción social y combinada de los usuarios en
Internet, propiciada y mediada por la tecnología. Como en otros terrenos
conceptuales, ya se han acuñado interpretaciones diversas, algunas con
connotaciones filosóficas o sociológicas no siempre del todo transparentes y a
veces tan entregadas que han convertido este atributo (innegable por lo demás)
en una especie de tópico o mito de la red, muy necesitado de una higiénica
revisión crítica.
Desde la un tanto precoz
proclamación de las multitudes inteligentes por parte del teórico de las comunidades virtuales
(Rheingold, 2004), y la sabiduría de las multitudes (The wisdom of crowds, Jenkins, 2006, y otros),
hasta la más llana constatación del bloguero y periodista Dan Gillmor de que “la red sabe más que
el individuo”, casi todas ellas necesitan una higiénica revisión crítica.
En algunos casos, como
el de Rheingold, se incluye ya en la apuesta el reconocimiento de que la acción de las multitudes
inteligentes en la red puede ser también perniciosa y destructiva. Pero, hasta el momento, la
mayoría de quienes cuestionan la inteligencia colectiva lo hacen de manera tan feroz como
superficial y más bien desde posiciones apocalípticas con respecto a la
tecnología: “El profesional está
siendo sustituido por el aficionado, el profesor de Harvard por el populacho analfabeto. Vamos hacia
una dictadura de los idiotas” (Andrew Keen, 2007).
Al margen de interpretaciones,
es evidente que la inteligencia colectiva, definida como “la capacidad del
grupo para resolver problemas que cada individuo del colectivo, de forma
personal, no sería capaz de resolver ni, incluso, de entender” (Ribes 2007),
supone mucho más que la posibilidad de que cualquier receptor, individual o
colectivo, pueda convertirse en emisor creando y publicando sus propios
contenidos. Para Ribes, que aborda el asunto con una actitud más bien acrítica,
la inteligencia colectiva se manifiesta en Internet en tres aspectos
principales
1. La creación de
contenidos. El trabajo individual de millones de internautas produce nada más y nada menos que el
fruto de la suma de sus partes (cientos de millones de imágenes en almacenes virtuales
como Flickr o miles de marcadores sociales en Del.icio.us). Pero ademásesta inteligencia
colectiva se ejerce sin la figura central que coordine el trabajo, modalidad bautizada como modelo
bazar (cooperación sin mando), que estimula al máximo la actividadcolaborativa, frente al
modelo catedral, centralizado y jerarquizado.
2. Recursos compartidos,
en entornos como las redes P2P (que han dado lugar a polémicas derivaciones, de
manera muy aguda en el ámbito de los intercambios musicales, como bien se
sabe), que tienen sin duda una prometedora explotación en el universo
educativo, pero todavía prácticamente inexplorados, salvo en algunas
plataformas como Intercampus de Fundación Telefónica.
3. El control del grupo
y el control de la calidad. Quizá el aspecto más discutible y discutido de la actuación de la
llamada inteligencia colectiva sea su supuesta capacidad para el control del grupo –y, por
consiguiente, de lo que produce–, tanto de forma plebiscitaria (la opción
escogida por mayoría es la que
vale) o en forma de edición permanente, donde cada individuo, en cualquier
momento, añade, corrige o incluso elimina contenidos creados por otros usuarios
(modelo Wikipedia). Es evidente que las tres
dimensiones de la inteligencia colectiva en la red que propone Ribes necesitan un análisis
mucho más crítico sobre su valor real y sus límites que el mero recurso a la “compensación
estadística de errores” o el expediente de la denominada Ley Linux (“dados
suficientes ojos, todos los errores serán evidentes”), formulada por el creador
del sistema operativo del mismo nombre, Linus Torvals. Pero, aun reconociendo
los límites e insuficiencias de estas formas de inteligencia colectiva en
Internet, es incuestionable que la Web 2.0 abre nuevas y poderosas expectativas
(que hoy se visualizan solo, como vamos a ver, en experiencias ya numerosas,
pero no sistemáticas ni generalizadas) para los procesos de enseñanza y
aprendizaje.
De manera necesariamente
muy sintética vamos a recorrer algunos de los principales ámbitos de desarrollo que anuncian
un mayor impacto en el universo educativo, como los sistemas de creación colectiva
(blogs y wikis), las redes sociales y la llamada “Web Semántica”.
Los sistemas de creación
colectiva: blogs y wikis, en la centralidad la pedagogía constructivista Una buena parte de los
sistemas, instrumentos o herramientas de la Web 2.0 son anteriores a la formulación del propio
concepto. De hecho, las áreas virtuales de trabajo en colaboración se utilizan al
menos desde el comienzo de siglo en Internet (Aprende con Internet o A Navegar,
etc., por poner solo unos ejemplos cuya génesis en EducaRed conocemos bien).
Incluso algunos formatos
que hoy consideramos genuinos de la Web 2.0, como los wikis o los blogs, tienen
ya una década de existencia (el tiempo mínimo que la red viene necesitando para
la plena integración de modelos y aplicaciones) y comienzan ahora a
consolidarse en este nuevo entorno participativo.
(Obdulo Martín)